Miguel Alba Calzado

La alfarería tradicional altoextremeña

 

Capítulo 2

Aspectos socioeconómicos de la alfarería tradicional altoextremeña

 

 

Aspectos socioeconómicos

Comercialización

 

I. ASPECTOS SOCIOECONÓMICOS

El mantenimiento de un alfar tradicional supone unos costes mínimos en un oficio que bien puede ser considerado autosuficiente. Abundantes arcillas locales a disposición gratuita de los alfareros, simplicidad del utillaje (picos, palas, esportillas, trozos de caña, de cuero, un cordel, etc...), así como la herramienta y máquina a un tiempo, el torno impulsado a pie (por lo general heredado), agua de pozo, trabajo en familia, etc... dan pocas ocasiones de gasto. Los costes se reducen al transporte de la arcilla y de la leña, y a la compra de madera gruesa y del "mineral" para el vidriado. Por lo demás, llama la atención el aprovechamiento integral de los recursos. Prácticamente no hay desperdicios: las "rebabas" que sobran durante el torneado se dejan secar y, después, vuelven a usarse, previamente amasadas; el agua del pilón y la era es reutilizada varias veces vaciándose de una a otra construcción; la ceniza resultante de la hornada, aplicada al barro fresco, tiene una función antiadherente; hasta los cacharros de cocción defectuosa son reciclados, convertidos en bebederos de animales, en macetas o simplemente en cascotes para cubrir la hornada.

En algunos talleres se acusa un cambio en la simplificación del proceso tradicional, gracias a la modernización del equipo. La adquisición de máquinas auxiliares permite no sólo realizar el trabajo con mayor comodidad y rapidez, sino que además libera al artesano de algunas tareas, lo que redunda en una mayor dedicación al torneado, con el consecuente aumento de productividad, y posibilita la obtención de otros resultados, como ocurre con los hornos de gas o eléctricos que cuecen a temperaturas superiores a los 1.000º, abriendo paso al uso de esmaltes, vidriados y engobes. Con todo, la norma es que los artesanos se resistan a suplantar los sistemas manuales, debido al alto coste de la maquinaria y a la desconfianza en una inversión dudosa.

En el cuadro de la página siguiente (figura 1) vemos como la mitad de los alfares no emplea ningún tipo de maquinaria moderna y, de los 7 casos restantes, sólo 3 han incorporado más de una máquina, debido a que el bajo nivel de producción no compensa una inversión mayor o a que no existe suficiente solvencia económica para poder invertir. De entre los 9 talleres que cerraron durante los años 80, únicamente la fábrica de los hermanos Jiménez, en Arroyomolinos de Montánchez, tenía una amasadora eléctrica.

 

La producción en el alfar se mantiene dentro de la célula familiar sin que haya asalariados fijos o eventuales fuera de ella. El número de trabajadores por taller es bajo: aquellos que cuentan con un solo miembro son la mitad. En los demás, trabaja el padre con uno o dos hijos, un tío con sus sobrinos, dos primos hermanos, etc. Ocasionalmente, colaboran en el proceso las esposas y algún hermano o hermana, pero siempre, sin excepción, se reparte el trabajo dentro de la familia.

Por lo general, los apellidos de los alfareros están ligados al oficio desde tiempo inmemorial. La profesión siempre ha sido transmitida por vía directa a los hijos varones. En el caso de no dejar descendencia o que ésta fuera por entero femenina (siempre y cuando ninguna de ellas hubiera contraído matrimonio con un alfarero), tienen preferencia a la hora de ser formados los sobrinos, hijos de los hermanos, por tanto son excluidos los hijos de las hermanas, así como los sobrinos de la mujer del alfarero. Hasta qué punto estas reglas restrictivas, cerradas en torno al linaje del apellido, se han respetado y mantenido en el tiempo está por investigar en los archivos locales.

TRADICIÓN FAMILIAR

Mujer
Padre
Hijas
Hijos

Apoyo en la venta y labores complementarias. No aprenden el oficio, tampoco tendrán derecho a ello sus hijos.

Sólo los hijos podrán ser alfareros.El primogénito lo aprenderá, por lo general, sin elección, para ayudar al padre. El hijo segundo, tercero... tendrá más libertad para elegir.

Hasta pocos años antes de la crisis del oficio, en aquellos núcleos de mayor identidad alfarera, era corriente el matrimonio entre alfarero e hija de alfarero (casos documentados en Arroyo de la Luz, Montehermoso y Torrejoncillo) por lo que se podría hablar de cierta endogamia profesional, posible consecuencia del antiguo sistema de gremios, como lo son también la ubicación de los talleres en el mismo barrio o la colaboración en la realización de tareas comunes, tales como la extracción de arcilla o el corte de leña.

Es muy frecuente que los hijos desde niños se vinculen al oficio del padre, ayudando en diversas tareas de menor envergadura, hasta que poco a poco se inician en el torneado.

El aprendizaje, lento, se lleva a cabo "viendo y haciendo", sin la intervención directa del padre que se limita a corregir las "manías" para depurar la técnica (aunque cada cual, con los años, adoptará en el torneado la forma peculiar que le sea más cómoda). Cuando se ha adquirido soltura y es posible levantar distintos tipos de piezas, el hijo percibe gratificaciones del padre hasta que, con el matrimonio, se plantea su independencia laboral o la continuidad en el negocio familiar, sin división ya de categorías, salvo las que marca el respeto al cabeza de familia. Independientemente de la edad, el grado de maestro se alcanzará en el momento en que el operario domine la rueda hasta el punto de realizar cualquier tipo de obra cerrada o abierta. Antes de la crisis, podía darse el caso de tres generaciones de una misma familia trabajando en un taller.

La participación de la mujer en el trabajo se limita a tareas auxiliares tales como enasar, voltear las vasijas para el oreo o ayudar en la carga o descarga del horno. Alcanza un mayor protagonismo en núcleos donde tradicionalmente se ocupa de la decoración, sin ser en otros centros una actividad exclusiva de ellas. El hecho de que la mujer no haya accedido a otras fases del proceso productivo se puede explicar en el caso altoextremeño por tres motivos (según se deduce de la opinión de los propios alfareros):

a) Por limitaciones físicas. La mayor parte de las labores exigen un gran esfuerzo muscular para el que se considera a la mujer menos dotada: cavar, cargar, desterruñar, batir, transvasar, amasar, etc. Inclusive el torneado, del que se retiene la imagen de la pella subiendo y tomando forma por ella misma entre las manos del alfarero, es una hábil combinación de fuerza y destreza ("maña y pulso"), compaginados con el impulso constante del pie a la rueda.

b) Por motivos culturales. También en este punto parece acatarse la tradición. Ante la falta de precedentes, no se plantea siquiera la posibilidad de enseñar a una hija, por lo tanto hay que suponer que violar la norma sería, antiguamente, una inferencia impensable en el rol masculino.

c) Por motivos sociológicos. Especialmente acentuados en los centros tinajeros (Arroyomolinos de Montánchez y Torrejoncillo) donde la mujer jamás intervenía en el proceso, como prueba de distinción de un estatus más alto frente al resto del vecindario, mayoritariamente campesino.

El trabajo no termina con la jubilación oficial. Es práctica generalizada que el retiro definitivo llegue años después, cuando el artesano es consciente de sus limitaciones físicas: pérdida de visión, de pulso, de fuerza, etc... Entretanto el ciclo se invierte, es ahora el padre el que ayudará al hijo a complementar las tareas secundarias.

Salvo en los talleres eventuales, el ritmo de producción es constante durante el año, aunque se da un claro ascenso durante los meses de verano debido a las mejores condiciones climáticas y al aumento de las ventas. De producirse, las únicas actividades subsidarias y simultáneas al trabajo en el alfar están relacionadas con la venta del género por diversos puntos de la provincia, con la enseñanza del oficio (como monitores en Colegios o Instituciones) o con atender a tareas del campo.

La jornada de trabajo se desarrolla en función de las horas de sol, por lo tanto, en invierno, el trabajo es menor y más lento, porque las piezas tardan en secarse por la humedad del ambiente y la lluvia, que retrasa las hornadas. No hay horarios establecidos, ni días fijos de trabajo, el cual se puede prolongar durante la noche (sobre todo si es verano), a la vez que pueden pasar días sin trabajo, en los que se dedican a otras actividades.

 

Subir

 

COMERCIALIZACIÓN

En el pasado, cada centro controlaba un radio de influencia proporcional a la importancia de su volumen productivo. La competencia, en centros con varios talleres, actuaba como acicate para suministrar a mercados lo más distantes posibles, a veces, internándose en zonas geográficas abastecidas tradicionalmente por otra localidad alfarera con cuyos precios debían competir. En Extremadura los centros rivales más fuertes eran Arroyo de la Luz y Salvatierra de los Barros, que controlaban respectivamente ambas provincias. Además, había otros muchos centros diseminados por la geografía extremeña, no sólo debido a la calidad y abundancia de la materia prima, sino también a la demanda constante del sector agropecuario que absorbía la producción cuando el suministro de productos industriales todavía era escaso y el nivel adquisitivo bajo.

En líneas generales, en algo más de dos décadas, los cauces de comercialización, las áreas de distribución, la clientela, el sentido del producto y su precio se han modificado radicalmente. Hoy el artesano concierta los pedidos por teléfono, la figura del arriero ha sido sustituida por agentes comerciales y almacenistas, el género se distribuye en las ciudades importantes a través de las tiendas de artesanía o en zonas de interés turístico, las piezas han dejado de ser un producto de consumo para convertirse en artículos de "lujo" y como tal es el precio de venta. Paralelo al cambio comercial de los últimos tiempos, todavía subsiste un mercado local demandante de piezas utilitarias muy disminuido, del que, en ningún caso de los encuestados, depende el sostenimiento económico de un alfar. Muy distinto es, dado que mantiene su vigencia, el caso de los talleres dedicados a la producción de grandes recipientes de almacenamiento.

Estas circunstancias económicas diferentes repercuten en la comercialización, pero nuestros intentos serán inútiles si pretendemos establecer sobre un mapa áreas de abastecimiento regular, posibles antaño, para analizar fenómenos de difusión.

 

a) Comercialización de la "loza basta"

Aunque en ninguna fachada de la vivienda-alfar haya carteles que lo indiquen, todos los alfareros venden en su lugar de trabajo, tengan o no tienda propia o salgan a la calle el día del mercado local. En el alfar se atiende tanto al forastero o al vecino (que suelen realizar compras mínimas) como al intermediario o al dueño de un negocio de artesanía, que adquieren mayores cantidades, concertadas previamente mediante un pedido. En aquellos alfares que trabajan sobre todo para tiendas especializadas, es frecuente encontrar piezas mínimamente defectuosas, que no superan el control de calidad exigido por el vendedor de artesanía.

Las pocas tiendas que son propiedad de los artesanos son asistidas normalmente por sus mujeres. Ya aludimos al caso de Teodoro González (Montehermoso), cuya tienda funciona eventualmente en verano, en una cochera alquilada para este fin, orientada hacia la carretera principal con objeto de llamar la atención del transeúnte. Cipriano López (Ceclavín) tiene una pequeña tienda de comestibles, próxima a la plaza, donde además vende sus obras. Es el caso también del alfarero de Plasencia, Gregorio García, que ya no trabaja en su alfar pero que vende cacharros en un puesto fijo en el Mercado de Abastos de la ciudad. Únicamente vende en el mercadillo del pueblo Marcelino Rodríguez (Trujillo), el resto considera que no hay necesidad de hacerlo, pues el lugareño sabe muy bien donde se encuentran los alfares si necesitase alguna pieza. Hubo un caso que reconoció no recurrir a esta venta por considerar que era rebajarse ante el vecindario (dato que prueba la autoestima de algunos alfareros).

En los meses de verano, hay un aumento considerable de las ventas locales. Demandan alfarería los emigrantes que regresan a su localidad en el periodo vacacional, el turismo de interior, aún escaso, y el coleccionista o aficionado que sigue la ruta de los pueblos alfareros.

Respecto al mercado exterior, gracias al cual se mantiene el oficio, tiene distinto alcance y signo. No tiene porqué implicar un encarecimiento del producto, así ocurre con el alfarero de Trujillo que vende a idéntico precio en su taller y en los mercadillos de Plasencia y Cáceres; pero siempre que aparezca la figura del intermediario habrá inevitablemente un aumento sustancial del precio final. Un ejemplo ilustrativo son los precios de venta de la obra de Ceclavín, Casatejada y Arroyo de la Luz, que suelen alcanzar el doble de su precio en los establecimientos especializados en artesanía de Mérida.

En la ciudad de Cáceres, en las tiendas de artesanía de la Plaza Mayor, es posible encontrar la obra de los centros que nos ocupan (salvo la de Montehermoso que es vendida en Plasencia). Fuera de la región es imposible establecer el paradero exacto de las piezas compradas por intermediarios, predominantemente, catalanes y madrileños. Los artesanos de Ceclavín, Arroyo y Casatejada tienen noticia de que su obra ha salido al extranjero.

 

b) Comercialización de los grandes recipientes de almacenamiento

Ninguno de los tinajeros se ocupa de la distribución directa del producto por lo que no es posible conocer el lugar de destino de las mismas. Lo habitual es que el comprador se desplace hasta el alfar en busca del pedido, concertado o no; el transporte corre de su cuenta. La mayor parte de la producción es absorbida por las zonas vinícolas, como son, en el caso de Torrejoncillo, los propios pueblos del entorno, del Norte de la región (zona de Gata y Hurdes) e, incluso, otras zonas de España (Cataluña es una importante consumidora). En gran parte, el volumen de ventas depende del resultado de la cosecha anual de uva. No obstante, no sólo las comarcas vinícolas son las únicas en demandar conos y tinajas, junto a ellas están las zonas de interés turístico (Ibiza, Benidorm), donde se venden con precios entre 5 y 10 veces superiores al valor original.

El crecimiento de la demanda que mantiene en plena vigencia conos y tinajas se debe a dos causas principales: por una parte, el consumo ha experimentado un aumento en las áreas rurales de tradición vinícola. Durante las últimas décadas, los grandes recipientes de barro comenzaron a ser sustituidos por otros, más económicos y de fácil reparación, de cemento o plástico, que, además, permitían un mayor aprovechamiento y adaptación al espacio de las bodegas. A la larga se ha demostrado que la materia de que están hechos altera el sabor final del vino, por lo que, aún siendo más caros, se están volviendo a emplear los grandes recipientes de barro.

La segunda causa es el interés que han despertado en el hombre de ciudad que valora en estas piezas aspectos como los decorativos o los del tipismo tradicional. De ahí la proliferación de conos y tinajas en tascas, mesones, paradores, etc..., como parte integrante del decorado, también en los exteriores ajardinados de los chalets.

Actualmente, con la revitalización del mercado y con la disminución de la competencia, en Torrejoncillo (donde han llegado al acuerdo tácito de vender la arroba a cuatrocientas y "pico" de pesetas, dependiendo éste de la cantidad del pedido, del tipo de cliente, etc) ningún tinajero se queja del porvenir del oficio. En Arroyomolinos de Montánchez los últimos conos fueron cocidos en 1987, pero hay posibilidades de recuperar la producción si se lleva a cabo un curso del INEM para los jóvenes desempleados del pueblo y prospera un proyecto de explotación cooperativista.

 

 

 Subir - Índice

 

Página anterior

Página siguiente