Antonio Miguel Linares Luján

El Mercado Franco de Plasencia

 

El Mercado de Plasencia en la Etapa Contemporánea

I. Auge y decadencia mercantil durante el siglo XIX

II. El Mercado Franco en la actualidad

Notas

I

Los matices diferenciadores que durante el período moderno comenzaron a precisar y definir cada una de las formas en que la actividad comercial placentina había proyectado su importancia sobre la vida de la ciudad, entran a lo largo del ochocientos en un proceso de concreción y fijación que acabará por separarlas, e incluso por destruirlas. La decadencia de unas y la pujanza de otras respondía, no a una decisión del siglo XIX, sino a peculiaridades internas que las enfrentaba directamente con el cambio, y que las hacía vulnerables ante él si no recurrían a su adaptabilidad respecto a las funciones que de ellas se requerían o a su capacidad para responder sin preguntar mediante la autorregulación.

Pero la nueva centuria no sólo determinaría un planteamiento acerca del papel que tendrían que desempeñar los mercados placentinos a partir de entonces. Tras la relevancia comercial de la ciudad en etapas anteriores, tras el desarrollo en su seno de sectores que la habían convertido en el principal centro de relación político-económica de un amplio espacio y tras el establecimiento de un marco jurídico que le permitió imponer sus decisiones dentro de los límites territoriales que una vez se le concedieron, Plasencia va dejando escapar el momento adecuado para emprender con firmeza la deuda que por entonces comenzaban a liquidar otros lugares no muy alejados y anteriormente bajo su influencia. La falta de establecimientos fabriles que posibilitaran el despegue hacia la consolidación de una economía cada vez más abierta, menos dependiente de los altibajos que determinaba el mantenimiento de estructuras productivas ancladas en el pasado, dejaba al descubierto la insolvencia con la que tendría que convivir durante buena parte de la Etapa Contemporánea. Mientras núcleos próximos, no típicamente urbanos (136), habían conseguido desarrollar a lo largo del siglo XVIII una importante industria textil, como la vecina Béjar o los lugares de Hervás, Torrejoncillo y Casatejada, la ciudad de Plasencia, y no sin ser consciente del problema, tan sólo había podido arraigar en su interior a mediados del XIX una fábrica de hilaturas de seda, otra de jabón de piedra, tres de curtidos, más cinco lagares de aceite y doce molinos harineros situados sobre el río Jerte (137). Por estas mismas fechas Montehermoso contaba con veinticinco fábricas de tejidos de lienzo, Hervás con catorce establecimientos de hilatura de lana y con treinta y una fábricas de paño. Por su parte, en el Partido de Navalmoral de la Mata cien fábricas de tejidos de lienzo se repartían entre Deleitosa y Campillo, así como veinte se localizaban en la propia Navalmoral (138).

Población absoluta de Plasencia (1802-1897) (139)

Años
Habitantes
1802
5.000
1826
5.400
1848
6.026
1857
6.844
1860
6.206
1897
8.351

 

 

El atraso industrial de Plasencia respecto a zonas sobre las que anteriormente había ejercido su poder, se veía además doblemente incrementado por una lenta evolución demográfica que imponía la pérdida de efectivos a causa de la emigración. En tanto que otras regiones españolas inauguraban con euforia el fenómeno de la explosión demográfica que caracterizaría al siglo XIX, respondiéndose con ello a modelos de crecimiento propios de países preindustriales, la incapacidad de la población para dibujar una línea ascendente de repercusiones verdaderamente significativas, y el escaso dinamismo socioeconómico al que conducía el mantenimiento de una estructura basada tan sólo en el sector terciario, convertirían a la Plasencia decimonónica en una ciudad "prácticamente muerta"(140). Junto a ello, la pérdida de la capitalidad deseada en las primeras décadas de la centuria, hundirá a los intelectuales del momento en una abulia de la que sólo se saldrá esporádicamente para reclamar, con un tono que antecede al regeneracionismo finisecular, el reconocimiento debido a la presumible importancia de la ciudad en el contexto provincial (141). Nuestro interés en semejante apatía, lejos de cualquier intención ajena al estudio del mercado, se fundamenta únicamente en la falta de producciones histórico-literarias que ello provoca y en el grado de subjetividad que, en el mejor de los casos, introduce, lo cual supone una merma importante en la posibilidad de cotejar la veracidad de las fuentes oficiales con la opinión de observadores más cercanos.

El sombrío panorama que acabamos de describir parece cernirse también sobre una de las formas mercantiles que hasta ahora habían venido definiendo la actividad comercial placentina. Es algo que ya notábamos al finalizar el siglo XVIII y que durante la centuria del ochocientos alcanza un grado de abatimiento bastante preocupante: la progresiva decadencia de las ferias o mercados anuales. Ya a principios de siglo, la feria anual que tanto había dado que hablar a lo largo del XVI tras las reformas introducidas por D. Alvaro de Zúñiga, no se presenta más que como una celebración extraordinaria durante los martes de diciembre en la que se intercambian prácticamente los mismos productos que en los restantes martes del año (142). Se observa, sin embargo, una orientación ganadera en estos mercados que, a pesar de los vaivenes que su fijación provoca en el calendario de celebraciones, acabará por imponerse a comienzos del XX, desarrollándose no en la Plaza Mayor, sino "junto a la carretera de Salamanca donde existen buenos y abundantes pastos y se han construido excelentes abrevaderos para toda clase de aquéllos, con magníficas cercas en las que los concurrentes podrán tenerlos con la debida separación y seguridad" (143). Las condiciones tan atrayentes que muestra el cartel anunciador de las ferias de junio de 1906, contrasta sin embargo con los problemas internos que tuvieron el año anterior los organizadores de la Feria: comerciantes e industriales placentinos que habían perdido una suma importante de dinero en la corrida que sufragaron durante los días de fiesta para poder aumentar la afluencia de gente a la misma (144). La competencia que ferias cercanas como las de Trujillo, Cáceres y Coria, o como otras más alejadas pero con mayor radio de influencia, el caso de Talavera (145), intentará aminorarse mediante continuos cambios de fecha ( martes de diciembre, 29-31 de agosto, 14-15 del mismo mes, 13-15 de mayo, 8-10 de junio, etc.), lo cual, a la larga, no hará más que agravar la agonía en la que tales celebraciones habían entrado en la última centuria del período moderno, como consecuencia, sobre todo, de la disfunción entre una demanda cada vez más diversificada y una especialización de los mercados anuales a la que la propia evolución de la oferta había conducido.

El decrépito aspecto que ofrece el acontecer decimonónico de las ferias placentinas contrasta con el vigor que adquiere el mercado diario, no exento de problemas como tendremos ocasión de contemplar, pero con la fuerza que la preocupación por parte de las autoridades municipales inyecta en su funcionamiento. Sin el tono descriptivo y literario de reglamentos anteriores, las Ordenanzas de 1849 y 1880 atienden, bajo disposiciones específicas, el desarrollo de las relaciones comerciales de la ciudad desde una visión acorde con los nuevos tiempos, incidiendo fundamentalmente en el control de la calidad, del peso, de la exposición y de las condiciones sanitarias del producto (146).

El pan y la carne, con una demanda siempre inelástica, ocupan un lugar preeminente en los reglamentos municipales. La liberalización del comercio de granos a mediados de los sesenta del siglo XVIII, unido a las transformaciones que respecto a la actividad mercantil supuso la legislación liberal burguesa de las primeras décadas del XIX, vino a provocar la emancipación definitiva de las trabas que anteriormente habían obstaculizado la fabricación y venta del pan, producto básico por excelencia para el total de la población. Tan sólo se impone por parte del Ayuntamiento placentino la obligatoriedad de elaborarlo con harina de trigo de buena calidad "y con esclusión de toda mezcla, bien amasado y bien cocido"(147) ; puede fabricarlo cualquiera, aunque, eso sí, "ha de llevar precisamente la marca o sello del panadero a fin de identificar la procedencia" (148). Por lo demás, el comercio de pan ha de regirse por el sistema de pesos que la ciudad establece y, en último extremo, son las autoridades municipales las encargadas de administrar justicia en caso de que alguien se sienta perjudicado.

La indulgencia de disposiciones como las anteriores difiere de la presión a la que durante todo el período moderno estuvo sometida la venta de pan en la Tierra placentina, obligando a distribuir el producto desde las Panaderas destinadas al efecto por el Concejo y controlando muy atentamente la especulación y la reventa. Las condiciones para que esta política se mantenga no han dejado de existir en el Partido Judicial de Plasencia que se constituye a partir de 1833, como lo demuestra el enorme déficit de cereal que anualmente se origina a causa de un elevado consumo y una escasa producción (Apéndice IV). Las medidas para disminuir la incidencia del problema y para posibilitar el abastecimiento de la ciudad, se restringen a la libertad fiscal de que gozan los productos cerealeros, pero ahora con la permisibilidad de su venta y, sobre todo, con el precio que alcanzan en la misma, no respondiendo esto último a una previa normalización, como ocurría con otros artículos en la Edad Moderna, sino a la propia liberalización del comercio de granos. Así, la diferencia observable entre los valores alcanzados por el trigo, la cebada, el centeno y la avena, en los núcleos que dependen de Plasencia respecto al precio al que se cotizan en la propia ciudad (Apéndice V), posibilita la concentración de su venta en los mercados placentinos por una cuestión de peso: el mayor beneficio para el vendedor.

A diferencia del pan, la carne es objeto de una regulación exhaustiva y de una atenta vigilancia en todo el proceso que conduce a su venta. La matanza del ganado ha de hacerse obligatoriamente en el Matadero público, bajo la inspección de un oficial elegido por la municipalidad o por "uno de los profesores de veterinaria de más categoría que haya en la población" (149). Las reses que tengan que sacrificarse "deben entrar por su pie en el Matadero, a no ser que un accidente fortuito, como fractura u otro semejante, la haya imposibilitado el poder andar" (150), en cuyo caso debe ser verificado por el facultativo que el Ayuntamiento nombre. Después de muertas, han de ser reconocidas y examinadas, marcándose con una señal en las cuatro extremidades sin la cual no pueden venderse en las carnicerías. En ellas no deben mezclarse unas carnes con otras, no pueden quedar expuestas al público sin "una tabla en la cual se lea la clase de carne que se despacha" (151), además de tener que pesarse en las mejores condiciones de limpieza posibles. Respecto a las matanzas caseras que se destinen a la venta, no pueden hacerse sin la previa supervisión de un inspector designado por el Consistorio, quien se encargará de reconocer el estado sanitario del animal. Estos datos, que podríamos ampliar con múltiples medidas destinadas a garantizar el abasto de carne en perfectas condiciones, revelan un avance en la reglamentación mercantil de Plasencia que la conecta de forma decisiva con el momento histórico en que se desarrolla, caracterizado por el progreso en la sanidad, por la delimitación de funciones dentro del proceso productivo y por el establecimiento de garantías acerca de todo lo que se produce, se vende, se compra o se consume.

La venta de comestibles, al margen de las disposiciones específicas sobre el pan y la carne, ocupa también un lugar importante entre la legislación municipal sobre la actividad comercial. Tanto si ésta se realiza en tiendas o casas especialmente destinadas para ello, como si se desarrolla en puestos ambulantes, se prohíbe distribuir entre la población pescados malsanos o corrompidos, expender artículo alguno adulterado, colocar sobre el suelo las mercancías y "proferir denuestos ni palabras malsonantes contra el marchante"(152) ; se obliga a mantener limpio el establecimiento y a tener siempre contrastadas las pesas y medidas, a facilitar la inspección por parte de las autoridades competentes y a "tratar a todos con la debida urbanidad y moderación, sin dispensar preferencias para el orden del despacho, calidad y precio de los géneros, a no ser en los casos esceptuados por las leyes" (153). Por su parte, la venta de líquidos queda también sometida a la vigilancia de la Corporación municipal, prohibiéndose vender leche de oveja, suero o requesón "desde el día veinte y nueve de junio, hasta el veinte y seis de diciembre, para evitar los daños que puedan producir a la salud"(154) ; el vino común y los licores de toda especie sólo pueden venderse en tabernas y en "tiendas llamadas de vinos generosos", exceptuándose los cosecheros, a quienes la ley concede el derecho de vender los caldos en sus bodegas (155); las vasijas para las medidas de cualquier líquido han de estar siempre "bien estañadas por dentro y fuera, si fueren de cobre o azófar", y los mostradores de las tabernas no pueden "estar pintados ni barnizados, ni forrados de plomo o cualquier otro metal oxidable para el vino, o que le comunique mal gusto" (156). En definitiva, un cuerpo sistemático de normas que mantienen, como en épocas anteriores, la defensa del consumidor ante la posibilidad de fraude y que articula un cauce legislativo para la denuncia y, por tanto, para la preservación de lo estatuido.

Durante la mayor parte del siglo XIX, el mercado diario, al igual que el Mercado Franco, continúa celebrándose en la Plaza Mayor, centro de todo trato comercial y de toda actividad urbana de relevancia a lo largo de la existencia histórica de Plasencia. Vimos cómo a partir de las ordenanzas de D. Alvaro de Zúñiga sobre el aposentamiento de la Feria, comienzan a plantearse problemas de envergadura en los que tiene que intervenir la Monarquía para su resolución; problemas que estaban directamente relacionados con la función que cumplía la Plaza en el contexto de la vida de la ciudad y, sobre todo, con el carácter mercantil que desde el principio había adquirido, concentrándose en ella el tráfico de un amplio territorio sobre el que se ejercía el poder que había legitimado el desarrollo de la repoblación y la concesión real. Si bien las cuestiones que intervenían en tales conflictos giraban en torno a la necesidad de descongestionar el recinto ante la masificación que se observaba durante los días de mercados o ferias, habilitando para ello zonas bajo la influencia de la PLaza, la centuria del ochocientos traerá consigo una nueva racionalidad urbanística y una nueva concepción del intercambio, que determinarán el recrudecimiento de las discrepancias respecto al papel que habría de desempeñar el centro neurálgico de la ciudad dentro de las actividades que en ella se desarrollaran (157) .

Las diferencias, que fundamentalmente enfrentan al Gremio de Hortelanos y a los propietarios de casas y comercios de la Plaza mayor, comienzan a materializarse a finales del XVIII, cuando por acuerdo del Ayuntamiento se desaloja de los soportales, "desde la Calle de Talavera hasta la Casa Consistorial", a los vendedores de productos de huerta (158). El Gremio de Hortelanos recurriría en 1791 a la Audiencia Territorial de Cáceres, argumentando el derecho a situar sus puestos en el lugar referido por la confirmación que del mismo había librado la Real Chancillería de Valladolid en una fecha, curiosamente desconocida. La sentencia, favorable al Gremio, no impedirá que durante las primeras décadas del XIX comiencen a oírse voces en reclamación de la expulsión de los hortelanos, "por los perjuicios que causaban en la venta del Comercio e Industria", según se desprende de la acusación dirigida por José Cano, propietario y mercader en una de las casas de los portales donde aquéllos se aposentaban . Los sucesivos desalojos de los hortelanos por parte de la Autoridad municipal, acompañados del posterior restablecimiento de la normalidad, ponen en cuestión la necesidad de solucionar el problema desde una perspectiva más coherente. Mientras, por una parte, los propietarios de tiendas estables en la Plaza se quejan porque "los concurrentes al mercado se constituyen en dueños de los soportales de aquélla, obstruyendo el paso de los arcos para el público, e interceptando la entrada de las casas de sus comercios"(160) , los hortelanos reclaman el derecho a colocar sus "palmares" en dichos arcos para guarecerse de la lluvia. A pesar de todo, el ataque no iba sólo en contra de los puestos de legumbres y hortalizas, se proyectaba hacia la propia realización del mercado en la Plaza Mayor, argumentándose en contra todo tipo de cuestiones, desde el estorbo para el tráfico de carruajes, pasando por las ofensas al público y a los transeúntes, hasta la propia "fealdad que ocasiona a una plaza tan bonita verla convertida en un campamento húngaro" (161).

Los grupos burgueses, asentados en el centro de la ciudad, tratan con este tipo de protestas conseguir el dominio absoluto de la PLaza como lugar de residencia, como espacio diáfano y abierto para el esparcimiento, sin olores, ruidos ni obstáculos; a la larga acaba por imponerse esta nueva valoración del recinto, cuando las hostilidades implican a la Autoridad para adoptar una solución favorable a las partes en conflicto. En 1897 y tras varios proyectos, se inaugura la actual Plaza de Abastos para dar cabida a todos los que desde siempre habían colocado sus puestos y cajones en la Plaza Mayor al objeto de realizar sus ventas. La ubicación del mercado diario en un lugar cercano a la Plaza, pero no en ella, daba rienda suelta a las intenciones de los grupos que habían protagonizado las reclamaciones: consolidar en Plasencia el comercio estable frente al ambulante (162). Y efectivamente debieron conseguirlo, como lo demuestran los datos que ofrece Joaquín Rosado en 1906: siete tiendas para la venta de aceite de oliva, una para la de aguardiente, cuatro para aves y caza, dos para la de bebidas gascosas, cuatro carnicerías, seis tiendas de comestibles, tres confiterías, dos droguerías, cinco farmacias, tres ferreterías, tres librerías, seis panaderías, cuatro tiendas de paños al pormayor, tres pescaderías, dos sombrererías, cinco tiendas de tejidos, tres de vinos, etc., para una población que rondaba los 8.000 habitantes (163).

De todo el conflicto, el gran ganador, sin arriesgar nada, había sido el Mercado Franco. Se había cuestionado la existencia de actividades mercantiles en el espacio que la burguesía placentina deseaba convertir en el reducto de su poder, se había implicado a todas las autoridades del Ayuntamiento de la ciudad en el asunto y, al fin, se había logrado imponer una nueva función urbanística de la Plaza; sin embargo, la presencia durante los martes de un abigarrado sistema de puestos, tenderetes y cajones, con momentos difíciles generados por su directa relación con la problemática planteada y por las que más tarde le afectarán particularmente, conseguía salir ilesa durante la centuria y resistir hasta la actualidad.

Poco es lo que las fuentes de la época nos aportan acerca del mercado del martes, su cotidianeidad había calado tan profundamente en la sociedad placentina que las palabras acerca de su desarrollo y funcionamiento parecían sobrar. La mayor parte de los escritos del XIX se refieren a su antigüedad y a su importancia, pero no permiten una concreción que vaya más allá de la simple constatación de su existencia. Por otra parte, la preocupación de las Ordenanzas se orientaba fundamentalmente hacia la consolidación de un mercado diario que ofreciera las suficientes garantías para el consumo de la ciudad, mostrando respecto al mercado semanal cierta indulgencia y dejando al margen su reglamentación. A través de ellas, al menos sí queda claro que para vender los martes se necesitaba la licencia del Ayuntamiento, como ocurría durante cualquier otro día de la semana, además de la obligación de pagar un canon, que en 1849 se estipulaba en dos cuartos por cada puesto, tanto si el vendedor era vecino de Plasencia como si era forastero (164). Seguían llegando al mercado los pañeros de Torrejoncillo o de Casatejada (165), así como los hortelanos de todo el Valle y la Vera (166); a ellos se unían los puestos de buhoneros y muñequeros, hojalateros, plateros, relojeros, caldereros, especieros y comineros, las tiendas de encaje y de cordones, los vendedores de truchas, tripas, bizcochos, zapatos, perfumes, abanicos, paraguas, ropas hechas, etc (167). El colorido se mezclaba con el encanto de los vendedores de fósforos y libritos de papel de fumar, los de figuras de yeso u objetos de barro, los de silbatos, juguetes y quincallería, los vendedores de romances, aleluyas o cosas semejantes, los guitarristas y cantaores, los titiriteros, saltimbanquis y gimnastas (168), todo un cromático mundo que convertía a Plasencia cada semana en una fiesta, en un lugar de reunión, diversión y, por supuesto, de compraventa.

Hubo momentos en que no bastaron los pesos y romanas del Ayuntamiento para surtir "a los muchos vendedores que se presentan en la plaza todos los martes" (169). La concurrencia era masiva, sobre todo, el segundo martes de Cuaresma, día que se celebraba el mercado llamado "de Botijero" y al que las autoridades municipales dedicaban especial atención, protegiendo los caminos con agentes de las fuerzas militares de la ciudad para facilitar la afluencia de compradores y vendedores (170). A diferencia de la Feria, que con el tiempo había perdido su carácter mercantil y se había convertido en una celebración anual para esparcimiento de vecinos y forasteros, el Martes se nos descubre durante el siglo XIX como una combinación perfecta entre el ocio y el negocio, adaptándose a las necesidades de la ciudad en materia comercial y ofreciendo un tono festivo que lo hace más atrayente para quienes vienen a vender y para quienes buscan en él algo que no pueden encontrar diariamente en Plasencia: moderados precios en los artículos de primera necesidad.

Fue la posibilidad de comprar en el Mercado Franco a precios más bajos que durante el resto de la semana lo que indudablemente posibilitó la pervivencia de dicha institución, en un momento de reconversiones y renovaciones como las que se estaban produciendo durante el siglo XIX, sobre todo si de lo que se trataba era de artículos en los que las comarcas placentinas habían sido tradicionalmente deficitarias. El siguiente cuadro, que muestra la media de precios alcanzados por el trigo entre 1849-1886 a lo largo de todo el año, tanto en el mercado diario placentino como durante la celebración del mercado semanal, es un indicativo bastante preciso de lo que decimos (171).

 

Precios del trigo en Plasencia, 1849-1886

Reales/fanega

Mercado diario
Mercado semanal

Enero

34'3

33'1

Febrero

34'4

33'5

Marzo

35'2

35

Abril

34'8

32'7

Mayo

35'3

34'8

Junio

35

34'8

Julio

33'6

33'3

Agosto

33

31'4

Septiembre

32'9

30'2

Octubre

33'8

30'9

Noviembre

34'3

31'4

Diciembre

34'1

33'7

 

 

La función que cumple el Mercado Franco, desde el punto de vista de las cotizaciones de cereales, será una de las razones que impulse a los defensores de la institución para encarar la crítica contra las circunstancias que a principios del siglo XX ponen en peligro su propia existencia. El desarrollo del comercio estable, cada vez mejor proveído, el avance que paralelamente se produce a lo largo del XIX en las comunicaciones y el excesivo número de impuestos que recae sobre los vendores ambulantes, son algunas de las circunstancias a las que nos referimos. Así se desprende del informe de Eduardo García Monge en 1909 sobre el Mercado Semanal de Plasencia. Causas de su decadencia y modos de acrecentarle, el único documento que se dedica exclusivamente al análisis de la realidad que nos ha venido ocupando a lo largo del presente trabajo y que por ello transcribimos íntegramente en el Apéndice VII.

 

La construcción de la línea férrea Madrid-Cáceres-Portugal en 1871 sobre los tendidos que unían Malpartida de Plasencia con Cáceres, y su puesta en explotación a partir de 1881, supuso el inicio de un proceso tremendamente significativo para la vida de la Alta Extremadura y también, cómo no, para la ciudad de Plasencia, que en 1896 se ponía en contacto con Astorga a través del ferrocarril (172). La movilidad que ello posibilitaba repercutía directamente en los mercados periódicos que habían venido celebrándose desde el medievo, en tanto que la distancia dejaba de ser un obstáculo para el tráfico de mercancías entre zonas excedentarias y deficitarias. Como reconocía García Monge en su informe, tal circunstancia no podía someterse a debate si lo que estaba en cuestión era el progreso de la ciudad, a sabiendas de que las consecuencias de su desarrollo no favorecían el intercambio semanal sino que, por el contrario, impulsaban el comercio diario de Plasencia.

Otras causas conducían a la decadencia del Mercado Franco a principios de siglo, entre ellas el elevado número de impuestos que tenían que soportar los que llegaban a la ciudad los martes a vender sus productos. Entre las tarifas municipales (173) y las contribuciones a la Hacienda los vendedores ambulantes perdían gran parte de sus beneficios y optaban por la no asistencia a las celebraciones mercantiles de cada semana. Las críticas se dirigen, sobre todo, al Impuesto de Consumo, que había sido creado por Real Decreto de 25 de mayo de 1845 y que tenía que satisfacerse por los consumidores cuando las especies tarifadas (Apéndice VI) fueran de su propia cosecha, fabricación, comercio, tráfico o granjería, y por los vendedores cuando fueran para el consumo inmediato. Para tal efecto se establecieron, en todos los pueblos y ciudades, fielatos de recaudación por donde habrían de pasar todas las mercancías para ser reconocidas y para exigir los correspondientes derechos (174). Las protestas contra semejante contribución se hicieron ciertamente violentas en momentos de carestía y en las revueltas populares, que no dejaron de producirse en Plasencia durante la segunda mitad del siglo XIX. Así, el 2 de octubre de 1868, tras la formación de la Junta Revolucionaria, la multitud destruyó los enseres de los fielatos, arrojándolos al río y reclamando la supresión del Impuesto de Consumo (175). Las protestas continuadas y los problemas que conllevaba la recaudación del impuesto llevaría a su abolición por Ley de 12 de junio de 1911, aunque no entraría en vigor hasta 1914. Por lo demás, creemos innecesario insistir en las circunstancias que García Monge expone como causantes de la decadencia del mercado semanal de Plasencia; sus palabras, a las que remitimos, son suficientemente reveladoras de lo que estaba pasando como para obviar cualquier tipo de comentario al respecto.

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II

No sabemos hasta qué punto los medios propuestos para hacer frente a las contradicciones que amenazaban la propia supervivencia del Mercado Franco placentino recibieron la audiencia deseada, ni tan siquiera si la decadencia continuó su curso a lo largo de las primeras décadas del presente siglo. El caso es que en 1934, cuando se elabora el Reglamento sobre la Plaza de Abastos(176), la realización de operaciones comerciales los martes de cada semana aparecen recogidas bajo el epígrafe de "mercados tradicionales", que "seguirán celebrándose en la Plaza Mayor de esta ciudad, aunque sólo por lo que se refiere a ventas al por mayor". La adjetivación, que a partir de entonces se ha generalizado para definir un fenómeno que sigue presente en la vida de Plasencia, puede conducirnos a un error si por tradicional entendemos algo que tan sólo debe su importancia a su rancia existencia. Defensores de una historia que entienda el pasado y comprenda el presente, no podemos inhibirnos del planteamiento que hoy por hoy merece la institución que ha venido siendo objeto de estudio a lo largo de estas páginas, máxime cuando su presencia en la actualidad sigue generando polémica y recibiendo una atención nada desdeñable.

En 1981 el Instituto de Reforma de las Estructuras Comerciales (IRESCO) lleva a cabo un completo estudio sobre los componentes del comercio placentino, adquiriendo especial relieve en el informe que se elabora la celebración semanal del Mercado Franco (177). Las razones para tal preocupación, sin ánimo de infravalorar el trabajo realizado por el equipo investigador, se dejan bastante explícitas en las conclusiones a las que se llega: la incapacidad del mercado del martes para hacer frente a una demanda que buscaba calidad, precio y accesibilidad, y la conformación en Plasencia de una estructura comercial estable, perfectamente preparada para cubrir con su oferta lo que la población requería. Los resultados, obtenidos a través de encuestas suficientemente contrastadas, arrojaban un porcentaje que situaba a las frutas, verduras y hortalizas como los productos que mayormente compraban los placentinos los martes de cada semana, bajando respecto a ellos la demanda de artículos procedentes de la ganadería y suceptibles de una mayor incidencia por parte de las condiciones higiénico-ambientales, como la leche, los huevos o la carne. Frente a éstos, la ropa o el calzado gozaban de poca aceptación entre la población que normalmente asistía al Mercado Franco, ante una calidad discutible y unos precios no demasiado alejados de los que ofrecían los establecimientos especializados de la ciudad.

 

Encuesta sobre el consumo de la población de Plasencia en el Mercado Franco, 1981 (IRESCO)

Productos adquiridos

Todo
Gran parte
La mitad
Algo
Nada

Fruta

16'7

20'0

5'9

23'9

33'4

Huevos

6'6

11'5

1'7

11'8

68'1

Verduras y hortalizas

17'4

17'7

4'6

23'1

37'0

Queso y leche

5'1

10'2

0'7

8'7

75'0

Ropa y calzado

-

1'7

-

6'1

92'0

Carne

4'1

12'3

0'5

4'6

78'4

 

* Las cantidades se expresan en tantos por ciento respecto al total de los encuestados.

Las matizaciones que podrían hacerse al tipo de encuesta realizada y a la inexistencia de un estudio paralelo al del consumo que permitiera observar la distribución de la oferta y su adaptabilidad al comportamiento de la demanda, no impide que los resultados ofrecidos por el IRESCO respondan a la realidad con bastantes garantías de certeza (178).

La orientación del consumo, especialmente hacia productos como las frutas, verduras y hortalizas, se comprende desde el momento que introducimos una variable más en las encuestas realizadas en 1981: la relación entre el vendedor y el artículo que vende, es decir, si se trata de productores directos o si se trata de intermediarios, considerando además las condiciones en que se desarrolla tal relación. El cuadro que a continuación ofrecemos obedece a una encuesta realizada por nosotros mismos en el mes de diciembre de 1990 y contrastada con las licencias fiscales de los vendedores que normalmente acuden al Mercado Franco, facilitadas por la Guardia Municipal de PLasencia. La posibilidad de adquirir artículos alimenticios de consumo habitual, como lo es el de la fruta, la verdura o la hortaliza, sometidos a una reducida manipulación por la propia duración entre el momento en que se produce y el momento en que se pone a la venta, queda perfectamente demostrada en el caso que nos ocupa, si a los datos de 1981 añadimos el alto porcentaje de productores directos que se da en el grupo considerado.

 Oferta del Mercado Franco (1990)(179)

 

Grupos

% del total
% Productores
% Intermediarios

Frutas, verduras y hortalizas

39'5

87'5

12'5

Tejidos, confección y calzado

27'7

100

Varios (plantas, juguertes, baratijas...)

17'9

100

Menaje, cerámica y ferretería

5'5

10'3

89'7

Dulces y repostería

4'3

88'8

11'2

Quesos y embutidos

3'7

33'3

66'7

Pescado fresco y en salazón

1'2

50

50

 

Se trata de vendedores con escasa capacidad productiva como para dar salida a sus artículos por otros cauces que no sea el que les ofrece el mercado semanal o, en su caso, el mercado diariamente celebrado en la Plaza de Abastos. Proceden, en un alto porcentaje, de la misma ciudad o de núcleos de los alrededores, destacando los montehermoseños y los torrejoncillanos; por su parte la Provincia de Badajoz queda representada por los ajeros de Aceuchal y los hortelanos de Orellana la Vieja. Indudablemente el número de puestos aumenta durante la primavera y el verano, cuando el mercado se llena de pequeños productores del Valle o de la Vera que traen a vender los productos de temporada cultivados en estas comarcas.

La oferta en tejidos, confección y zapatería está constituida por intermediarios que normalmente compran en grandes almacenes donde se surten de productos con algún desperfecto y cuyo precio les permite rentabilizar el negocio, normalmente familiar. Su escasa capacidad de capitalización impide el asentamiento definitivo y obliga a la movilidad hacia diferentes plazas de mercado con el fin de asegurar un volumen de demanda suficiente para garantizar la ganancia, ya que, como demostraban las encuestas de 1981, es éste uno de los grupos más desfavorecidos por el consumo, debido a la discutible calidad ofertada en relación al precio. En gran medida ocurre lo mismo con el grupo "varios", constituido por una oferta muy diversificada (bisutería, bolsería, perfumería, discos y cassettes, todo tipo de baratijas, etc.), pero también de escasa calidad.

Los productos de dulcería y repostería, procedentes fundamentalmente de Torrejoncillo, Béjar y Ceclavín, conforman el grupo más fuertemente representado en la tabla de productores. Se trata de repostería casera que por su propio carácter familiar no puede, ante el escaso volumen, articularse en las redes comerciales al pormayor. Al margen quedan productos como el queso y las mantecas, de escasa representación en el mercado placentino, y los pescados, cuyo ínfimo porcentaje respecto al total manifiesta la escasa aceptación de este tipo de artículos cuando no se ofrecen las garantías necesarias de sanidad, conservación y exposición.

El reducido volumen de operaciones que se produce los martes en cuanto a las cantidades en movimiento, siempre dirigidas a la satisfacción de un consumo semanal y fundamentalmente orientadas hacia productos perecederos, se amplía enormemente si tenemos en cuenta la existencia de otra forma de transacción, de imposible control y de considerable trascendencia, que reúne en la Plaza Mayor durante la celebración del Mercado Franco a ganaderos de la zona y a compradores de otras provincias. Las opiniones al respecto inciden en la importancia económica de este tipo de mercado, que no se desarrolla en puestos ni tenderetes, sino a través de corrillos en los que se manejan cantidades bastante significativas.

La estructura, pues, del mercado semanal de Plasencia nos lleva a una última reflexión acerca de la función que actualmente desempeña dentro de las actividades económicas de la zona. Por una parte se constituye en el único o casi el único cauce posible de pequeños productores con escasa capacidad para capitalizar sus reducidas explotaciones y para producir un volumen que les permita dar salida a sus artículos a través de medios más especializados. A la vez, el consumidor encuentra en las mercancías ofertadas por productores directos una calidad y una transparencia que a veces no tiene suficientemente garantizada por canales de intermediación. De este tipo de comercio, muy cercano al "mercado perfecto"(180) , se servirá un amplio grupo cuya oferta necesita del poder de convocatoria de aquél para concentrar una demanda en lugares y días específicos que posibilite la rentabilidad de sus ventas. Entre todos ellos un importante volumen de operaciones permite cada martes la puesta en contacto de tratantes de ganado y propietarios, ahorrando a los primeros el desplazamiento hacia el lugar de producción y centralizando para los segundos una demanda dispersa de gran poder adquisitivo.

El largo proceso descrito por los mercados placentinos desde que el Fuero de la ciudad configurara una estructura comercial basada en la combinación de relaciones diarias, semanales y anuales, fue dejando al margen aquéllas que no pudieron adapatarse a las nuevas circunstancias exigidas por la propia evolución histórica. En todo ese proceso el Mercado Franco, de abastecedor de la ciudad, hasta opción para el consumo en una sociedad acostumbrada a distinguir claramente entre fenómenos de producción y de distribución, ha resistido el paso del tiempo para convertirse hoy día en una forma de comercio que, lejos de anacronismos fosilizados y de enfrentamientos con el futuro, recurre a modelos del pasado para dar respuesta a cuestiones del presente. Si a ello se une la capacidad de romper monotonías y la facilidad para dotar de razones la necesaria relación entre comunidades cercanas, parece, pues, incuestionable que la coherencia histórica asiste plenamente el desarrollo y difusión del fenómeno que cada martes se sigue produciendo en la Plaza Mayor de Plasencia.

 

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Notas:

(136) Parece ser ésta una de las características que define a la industria textil extremeña durante el siglo XVIII, es decir, su carácter rural. Así lo ha demostrado el estudio de Miguel Angel Melón Jiménez: Extremadura en el Antiguo Régimen. Economía y Sociedad en tierras de Cáceres 1700-1814, Salmanca, 1989, pp. 213-259.

(137) Madoz, P.: "Plasencia", Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, Madrid, 1846-1850.

(138) Domínguez Carrero, M.M.: La Plaza Mayor de Plasencia en el siglo XIX: morfología y funciones, Memoria de Licenciatura inédita, Facultad de Filosofía y Letras, Cáceres, 1989, p. 177.

(139) Los datos de 1802 se enuncian bajo el nombre de "almas", no de habitantes; han sido extraídos de la Operación de la enumeración de Almas de esta ciudad de Plasencia, y contestaciones a las preguntas y los Ynterrogatorios dirigidos para el fomento de la Agricultura, Artes y Oficios, y Censo de Población de España, Año de 1802. Archivo Municipal de Plasencia, sin catalogar. Para los datos restantes, véase la obra citada de M. M. Domínguez Carrero, p. 104

(140) Idea mantenida por Angela Redondo González en su Tesis Doctoral Geografía urbana de Plasencia; ante la imposibilidad de consultar esta obra nos conformamos con los comentarios que sobre ella hace José Antonio Sánchez de la Calle en Aproximación a la demografía de Plasencia, 1871-1900, Plasencia, 1985, p. 39.

(141) "(...) sólo el favoritismo, esa enfermedad endémica de nuestro débil e incapaz govierno, hace que se sacrifiquen los intereses de los pueblos al antojo de nuestros potentados, por manera, que asta ahora no pasa de un principio teórico el de que los gobiernos son para los pueblos y no éstos para lisongear el capricho y vanidad de aquéllos". El pesimismo que tales palabras de la segunda mitad del XIX recogen para expresar la opinión de un placentino anónimo acerca de la capitalidad de la provincia cacereña, se convierte en una tónica general para todos las obras que se escriben a lo largo de la centuria. "Descripción de Plasencia", Legado Paredes, Archivo Histórico Provincial de Cáceres, leg. 8.

(142) Operación de la enumeración de Almas de esta ciudad de Plasencia..., Archivo Municipal de Plasencia, sin catalogar.

(143) Cartel Anunciador de la Feria de Plasencia de 1906. Véase la Guía de la ciudad de Plasencia(1906), escrita por Joaquín Rosado.

(144) Joaquín Rosado: "Crónica anual retrospectiva", Guía de la ciudad de Plasencia(1905).

(145) En 1847 se pide en la Corporación Municipal el cambio de fecha de la Feria anual por coincidir la de Plasencia con la de Talavera y seguirse por ello gran perjuicio para el desarrollo de la misma. Actas Capitulares, sesión del 17 de junio de 1847, Archivo Municipal de Plasencia.

(146) Ordenanzas de Policía Urbana de la ciudad de Plasencia, Plasencia, 1849; Ordenanzas Municipales de la ciudad de Plasencia, Plasencia, 1880. A partir de ahora las distinguiremos por su fecha. El enorme parecido entre una y otra, por lo que respecta a la legislación en materia de comercio, hace que no citemos en nota más que aquélla de donde se extraen las palabras en cursiva.

(147) Ordenanzas de 1849, p. 10

(148) Ordenanzas de 1880, p. 24

(149) Ibídem, p. 21.

(150) Ibídem.

(151) Ibídem, p. 24.

(152) Ibídem, p. 26.

(153) Ordenanzas de 1849, p. 11.

(154) Ibídem.

(155) Ibídem. Como vemos, sigue manteniéndose una política de tolerancia con los productores de vino, que muestra el papel relevante que debieron desempeñar en la sociedad placentina y la influencia que ejercieron, durante bastante tiempo, en las decisiones tomadas en la ciudad.

(156) Ibídem.

(157) Las ideas que a continuación exponemos han sido tomadas, en su mayor parte, de la obra citada de María Montaña Domínguez Carrero, La Plaza Mayor de Plasencia...

(158) Escrito del Gremio de Hortelanos relativo al derecho que tienen (desde tiempo inmemorial) de vender sus productos en los soportales de la Plaza Mayor. Año de 1894. Archivo Municipal de Plasencia, sin catalogar. El documento recoge toda la problemática generada en torno a tal derecho desde 1791.

(159) Ibídem. La queja de José Cano fue remitida al Ayuntamiento de Plasencia el 3 de abril de 1818, pero no encontró una respuesta favorable por parte de los miembros de la Corporación. Hay que tener en cuenta que los hortelanos que vendían en la Plaza Mayor no eran realmente propietarios de los puestos o "palmares", éstos se concedían a las huertas, independientemente de quien las llevara en arrendamiento. Domínguez Carrero, M.M.: Op. cit., p. 188. Actas Capitulares de 1818.

(160) Domínguez Carrero, M.M: Op. cit., p. 189. Actas Capitulares, sesión del 26 de agosto de 1872.

(161) Ibídem, p. 200. Actas Capitulares, sesión del 8 de junio de 1888.

(162) Ibídem, pp. 203.

(163) Joaquín Rosado: Guía de la ciudad de Plasencia (1906), pp. 14-21.

(164) Ordenanzas de 1849, p. 11

(165) Matías Gil, A.: La siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII, Plasencia 1877, reimp. Plasencia 1930, p. 177. El lugar ocupado por los vendedores de tejidos y paños era el que D. Alvaro de Zúñiga estableciera en 1469, desde la Calle del Rey hasta la Calle de Pedro Isidro.

(166) Barrio y Rufo en su Historia de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Plasencia, describe la variedad de productos hortofrutícolas que se traía a vender los martes por parte de los de la Vera y el Valle. Todos estos artículos, al igual que cualquier otro que entrara por las puertas de la ciudad, tenían que pagar un derecho instituido desde 1845 y muy parecido al de Portazgo. Nos referimos al Impuesto de Consumo, cuyas tarifas para el cobro en los fielatos permiten el conocimiento de la diversificación a que había llegado el comercio placentino durante la centuria que nos ocupa y de las que presentamos en el Apéndice VI las correspondientes a 1856.

(167) Esta relación de puestos está extraída de la "Tarifa o Arancel, que se cita de los derechos que por su introducción en esta ciudad, o por su venta en puesto fijo o en ambulancia han de pagar los quesos, especies y artículos que a continuación se espresan...". Año de 1856, Fielatos; cuadernos de los derechos de puertas del arbitrio de piso y solar, Archivo Municipal de Plasencia, sin catalogar.

(168) Ordenanzas de 1880, p. 29.

(169) Domínguez Carrero, M.M.: Op. cit.,p. 198. Actas Capitulares, sesión del 6 de agosto de 1860.

(170) Ibídem. Actas Capitulares, sesión del 26 de febrero de 1841.

(171) Registro de los testimonios de precios dados por el Secretario del Ayuntamiento de Plasencia entre 1849 y 1886. Archivo Municipal de Plasencia, tres legajos sueltos. Se trata de precios medios mensuales para el trigo que se vende diariamente en la ciudad, y de precios medios de cada mercado semanal durante las mismas fechas.

(172) Sánchez de la Calle, J.A.: Op. cit., p. 43

(173) Los derechos de puesto que debían pagar los vendedores que comerciaban en la Plaza Mayor habían provocado las protestas de los hortelanos en 1894, para quienes su condición de jornaleros "sin otros recursos más que los que nos proporciona nuestro continuo trabajo y sólo, exclusibamente, en concepto de colonos", impedía poder hacer frente al canon que se les exigía. Vide nota 168.

(174) Ynstrucción para las contribuciones o impuetos de consumos, Bienes e Ynmuebles, Subsidio Yndustrial, de Ynquilinato y de Hipotecas. Año de 1845. Archivo Municipal de Plasencia, leg 124, carp. 1.

(175) Actas Capitulares, sesión del 2 de octubre de 1868. Archivo Municipal de Plasencia.

(176) Archivo Municipal de Plasencia.

(177) Estudio de la estructura comercial de Plasencia, 1981. Archivo Municipal de Plasencia.

(178) Las conclusiones del IRESCO en 1981 son muy parecidas a las que ofrecen L. M. Frutos Mejías, J. M. García Rol, A. Nevado Peña y M. J. Ripa Arzoz, en "Teoría y realidad de la Geografía de los Mercados: el Mercado Franco de Cáceres". Norba (1980), pp. 111-115.

(179) El número de puestos contabilizado fue de 162. En la segunda y tercera columna se expresa el tanto por ciento correspondiente a cada grupo.

(180) Se entiende por "mercado perfecto" el fenómeno a través del cual el comprador y el vendedor tienen pleno conocimiento y capacidad para servirse de lo que el uno ofrece y de lo que el otro exige. Belshaw, C.S.: Comercio tradicional y mercados modernos, Barcelona, 1973, p. 16.

 

 

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