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I
Los matices diferenciadores que durante el período
moderno comenzaron a precisar y definir cada una de las
formas en que la actividad comercial placentina había
proyectado su importancia sobre la vida de la ciudad, entran
a lo largo del ochocientos en un proceso de
concreción y fijación que acabará por
separarlas, e incluso por destruirlas. La decadencia de unas
y la pujanza de otras respondía, no a una
decisión del siglo XIX, sino a peculiaridades
internas que las enfrentaba directamente con el cambio, y
que las hacía vulnerables ante él si no
recurrían a su adaptabilidad respecto a las funciones
que de ellas se requerían o a su capacidad para
responder sin preguntar mediante la
autorregulación.
Pero la nueva centuria no sólo determinaría
un planteamiento acerca del papel que tendrían que
desempeñar los mercados placentinos a partir de
entonces. Tras la relevancia comercial de la ciudad en
etapas anteriores, tras el desarrollo en su seno de sectores
que la habían convertido en el principal centro de
relación político-económica de un
amplio espacio y tras el establecimiento de un marco
jurídico que le permitió imponer sus
decisiones dentro de los límites territoriales que
una vez se le concedieron, Plasencia va dejando escapar el
momento adecuado para emprender con firmeza la deuda que por
entonces comenzaban a liquidar otros lugares no muy alejados
y anteriormente bajo su influencia. La falta de
establecimientos fabriles que posibilitaran el despegue
hacia la consolidación de una economía cada
vez más abierta, menos dependiente de los altibajos
que determinaba el mantenimiento de estructuras productivas
ancladas en el pasado, dejaba al descubierto la insolvencia
con la que tendría que convivir durante buena parte
de la Etapa Contemporánea. Mientras núcleos
próximos, no típicamente urbanos
(136), habían conseguido
desarrollar a lo largo del siglo XVIII una importante
industria textil, como la vecina Béjar o los lugares
de Hervás, Torrejoncillo y Casatejada, la ciudad de
Plasencia, y no sin ser consciente del problema, tan
sólo había podido arraigar en su interior a
mediados del XIX una fábrica de hilaturas de seda,
otra de jabón de piedra, tres de curtidos, más
cinco lagares de aceite y doce molinos harineros situados
sobre el río Jerte
(137). Por estas mismas fechas
Montehermoso contaba con veinticinco fábricas de
tejidos de lienzo, Hervás con catorce
establecimientos de hilatura de lana y con treinta y una
fábricas de paño. Por su parte, en el Partido
de Navalmoral de la Mata cien fábricas de tejidos de
lienzo se repartían entre Deleitosa y Campillo,
así como veinte se localizaban en la propia
Navalmoral (138).
Población
absoluta de Plasencia
(1802-1897)
(139)
|
Años
|
Habitantes
|
|
1802
|
5.000
|
|
1826
|
5.400
|
|
1848
|
6.026
|
|
1857
|
6.844
|
|
1860
|
6.206
|
|
1897
|
8.351
|
El atraso industrial de Plasencia respecto a zonas sobre
las que anteriormente había ejercido su poder, se
veía además doblemente incrementado por una
lenta evolución demográfica que imponía
la pérdida de efectivos a causa de la
emigración. En tanto que otras regiones
españolas inauguraban con euforia el fenómeno
de la explosión demográfica que
caracterizaría al siglo XIX, respondiéndose
con ello a modelos de crecimiento propios de países
preindustriales, la incapacidad de la población para
dibujar una línea ascendente de repercusiones
verdaderamente significativas, y el escaso dinamismo
socioeconómico al que conducía el
mantenimiento de una estructura basada tan sólo en el
sector terciario, convertirían a la Plasencia
decimonónica en una ciudad
"prácticamente
muerta"(140). Junto a ello, la pérdida de
la capitalidad deseada en las primeras décadas de la
centuria, hundirá a los intelectuales del momento en
una abulia de la que sólo se saldrá
esporádicamente para reclamar, con un tono que
antecede al regeneracionismo finisecular, el reconocimiento
debido a la presumible importancia de la ciudad en el
contexto provincial (141).
Nuestro interés en semejante apatía, lejos de
cualquier intención ajena al estudio del mercado, se
fundamenta únicamente en la falta de producciones
histórico-literarias que ello provoca y en el grado
de subjetividad que, en el mejor de los casos, introduce, lo
cual supone una merma importante en la posibilidad de
cotejar la veracidad de las fuentes oficiales con la
opinión de observadores más cercanos.
El sombrío panorama que acabamos de describir
parece cernirse también sobre una de las formas
mercantiles que hasta ahora habían venido definiendo
la actividad comercial placentina. Es algo que ya
notábamos al finalizar el siglo XVIII y que durante
la centuria del ochocientos alcanza un grado de abatimiento
bastante preocupante: la progresiva decadencia de las ferias
o mercados anuales. Ya a principios de siglo, la feria anual
que tanto había dado que hablar a lo largo del XVI
tras las reformas introducidas por D. Alvaro de
Zúñiga, no se presenta más que como una
celebración extraordinaria durante los martes de
diciembre en la que se intercambian prácticamente los
mismos productos que en los restantes martes del año
(142). Se observa, sin embargo,
una orientación ganadera en estos mercados que, a
pesar de los vaivenes que su fijación provoca en el
calendario de celebraciones, acabará por imponerse a
comienzos del XX, desarrollándose no en la Plaza
Mayor, sino "junto a la carretera
de Salamanca donde existen buenos y abundantes pastos y se
han construido excelentes abrevaderos para toda clase de
aquéllos, con magníficas cercas en las que los
concurrentes podrán tenerlos con la debida
separación y seguridad"
(143). Las condiciones tan
atrayentes que muestra el cartel anunciador de las ferias de
junio de 1906, contrasta sin embargo con los problemas
internos que tuvieron el año anterior los
organizadores de la Feria: comerciantes e industriales
placentinos que habían perdido una suma importante de
dinero en la corrida que sufragaron durante los días
de fiesta para poder aumentar la afluencia de gente a la
misma (144). La competencia que
ferias cercanas como las de Trujillo, Cáceres y
Coria, o como otras más alejadas pero con mayor radio
de influencia, el caso de Talavera
(145), intentará
aminorarse mediante continuos cambios de fecha ( martes de
diciembre, 29-31 de agosto, 14-15 del mismo mes, 13-15 de
mayo, 8-10 de junio, etc.), lo cual, a la larga, no
hará más que agravar la agonía en la
que tales celebraciones habían entrado en la
última centuria del período moderno, como
consecuencia, sobre todo, de la disfunción entre una
demanda cada vez más diversificada y una
especialización de los mercados anuales a la que la
propia evolución de la oferta había
conducido.
El decrépito aspecto que ofrece el acontecer
decimonónico de las ferias placentinas contrasta con
el vigor que adquiere el mercado diario, no exento de
problemas como tendremos ocasión de contemplar, pero
con la fuerza que la preocupación por parte de las
autoridades municipales inyecta en su funcionamiento. Sin el
tono descriptivo y literario de reglamentos anteriores, las
Ordenanzas de 1849 y 1880 atienden, bajo disposiciones
específicas, el desarrollo de las relaciones
comerciales de la ciudad desde una visión acorde con
los nuevos tiempos, incidiendo fundamentalmente en el
control de la calidad, del peso, de la exposición y
de las condiciones sanitarias del producto
(146).
El pan y la carne, con una demanda siempre
inelástica, ocupan un lugar preeminente en los
reglamentos municipales. La liberalización del
comercio de granos a mediados de los sesenta del siglo
XVIII, unido a las transformaciones que respecto a la
actividad mercantil supuso la legislación liberal
burguesa de las primeras décadas del XIX, vino a
provocar la emancipación definitiva de las trabas que
anteriormente habían obstaculizado la
fabricación y venta del pan, producto básico
por excelencia para el total de la población. Tan
sólo se impone por parte del Ayuntamiento placentino
la obligatoriedad de elaborarlo con harina de trigo de buena
calidad "y con esclusión de
toda mezcla, bien amasado y bien cocido"(147) ;
puede fabricarlo cualquiera, aunque, eso sí,
"ha de llevar precisamente la marca
o sello del panadero a fin de identificar la
procedencia" (148).
Por lo demás, el comercio de pan ha de regirse por el
sistema de pesos que la ciudad establece y, en último
extremo, son las autoridades municipales las encargadas de
administrar justicia en caso de que alguien se sienta
perjudicado.
La indulgencia de disposiciones como las anteriores
difiere de la presión a la que durante todo el
período moderno estuvo sometida la venta de pan en la
Tierra placentina, obligando a distribuir el producto desde
las Panaderas destinadas al efecto por el Concejo y
controlando muy atentamente la especulación y la
reventa. Las condiciones para que esta política se
mantenga no han dejado de existir en el Partido Judicial de
Plasencia que se constituye a partir de 1833, como lo
demuestra el enorme déficit de cereal que anualmente
se origina a causa de un elevado consumo y una escasa
producción (Apéndice IV). Las medidas para
disminuir la incidencia del problema y para posibilitar el
abastecimiento de la ciudad, se restringen a la libertad
fiscal de que gozan los productos cerealeros, pero ahora con
la permisibilidad de su venta y, sobre todo, con el precio
que alcanzan en la misma, no respondiendo esto último
a una previa normalización, como ocurría con
otros artículos en la Edad Moderna, sino a la propia
liberalización del comercio de granos. Así, la
diferencia observable entre los valores alcanzados por el
trigo, la cebada, el centeno y la avena, en los
núcleos que dependen de Plasencia respecto al precio
al que se cotizan en la propia ciudad (Apéndice V),
posibilita la concentración de su venta en los
mercados placentinos por una cuestión de peso: el
mayor beneficio para el vendedor.
A diferencia del pan, la carne es objeto de una
regulación exhaustiva y de una atenta vigilancia en
todo el proceso que conduce a su venta. La matanza del
ganado ha de hacerse obligatoriamente en el Matadero
público, bajo la inspección de un oficial
elegido por la municipalidad o por
"uno de los profesores de
veterinaria de más categoría que haya en la
población"
(149). Las reses que tengan que
sacrificarse "deben entrar por su
pie en el Matadero, a no ser que un accidente fortuito, como
fractura u otro semejante, la haya imposibilitado el poder
andar" (150), en
cuyo caso debe ser verificado por el facultativo que el
Ayuntamiento nombre. Después de muertas, han de ser
reconocidas y examinadas, marcándose con una
señal en las cuatro extremidades sin la cual no
pueden venderse en las carnicerías. En ellas no deben
mezclarse unas carnes con otras, no pueden quedar expuestas
al público sin "una tabla en
la cual se lea la clase de carne que se despacha"
(151), además de tener
que pesarse en las mejores condiciones de limpieza posibles.
Respecto a las matanzas caseras que se destinen a la venta,
no pueden hacerse sin la previa supervisión de un
inspector designado por el Consistorio, quien se
encargará de reconocer el estado sanitario del
animal. Estos datos, que podríamos ampliar con
múltiples medidas destinadas a garantizar el abasto
de carne en perfectas condiciones, revelan un avance en la
reglamentación mercantil de Plasencia que la conecta
de forma decisiva con el momento histórico en que se
desarrolla, caracterizado por el progreso en la sanidad, por
la delimitación de funciones dentro del proceso
productivo y por el establecimiento de garantías
acerca de todo lo que se produce, se vende, se compra o se
consume.
La venta de comestibles, al margen de las disposiciones
específicas sobre el pan y la carne, ocupa
también un lugar importante entre la
legislación municipal sobre la actividad comercial.
Tanto si ésta se realiza en tiendas o casas
especialmente destinadas para ello, como si se desarrolla en
puestos ambulantes, se prohíbe distribuir entre la
población pescados malsanos o corrompidos, expender
artículo alguno adulterado, colocar sobre el suelo
las mercancías y "proferir
denuestos ni palabras malsonantes contra el
marchante"(152) ; se obliga a mantener limpio el
establecimiento y a tener siempre contrastadas las pesas y
medidas, a facilitar la inspección por parte de las
autoridades competentes y a "tratar
a todos con la debida urbanidad y moderación, sin
dispensar preferencias para el orden del despacho, calidad y
precio de los géneros, a no ser en los casos
esceptuados por las leyes"
(153). Por su parte, la venta
de líquidos queda también sometida a la
vigilancia de la Corporación municipal,
prohibiéndose vender leche de oveja, suero o
requesón "desde el
día veinte y nueve de junio, hasta el veinte y seis
de diciembre, para evitar los daños que puedan
producir a la salud"(154) ; el vino común
y los licores de toda especie sólo pueden venderse en
tabernas y en "tiendas llamadas de vinos generosos",
exceptuándose los cosecheros, a quienes la ley
concede el derecho de vender los caldos en sus bodegas
(155); las vasijas para las
medidas de cualquier líquido han de estar siempre
"bien estañadas por dentro y
fuera, si fueren de cobre o azófar", y los
mostradores de las tabernas no pueden
"estar pintados ni barnizados, ni
forrados de plomo o cualquier otro metal oxidable para el
vino, o que le comunique mal gusto"
(156). En definitiva, un cuerpo
sistemático de normas que mantienen, como en
épocas anteriores, la defensa del consumidor ante la
posibilidad de fraude y que articula un cauce legislativo
para la denuncia y, por tanto, para la preservación
de lo estatuido.
Durante la mayor parte del siglo XIX, el mercado diario,
al igual que el Mercado Franco, continúa
celebrándose en la Plaza Mayor, centro de todo trato
comercial y de toda actividad urbana de relevancia a lo
largo de la existencia histórica de Plasencia. Vimos
cómo a partir de las ordenanzas de D. Alvaro de
Zúñiga sobre el aposentamiento de la Feria,
comienzan a plantearse problemas de envergadura en los que
tiene que intervenir la Monarquía para su
resolución; problemas que estaban directamente
relacionados con la función que cumplía la
Plaza en el contexto de la vida de la ciudad y, sobre todo,
con el carácter mercantil que desde el principio
había adquirido, concentrándose en ella el
tráfico de un amplio territorio sobre el que se
ejercía el poder que había legitimado el
desarrollo de la repoblación y la concesión
real. Si bien las cuestiones que intervenían en tales
conflictos giraban en torno a la necesidad de
descongestionar el recinto ante la masificación que
se observaba durante los días de mercados o ferias,
habilitando para ello zonas bajo la influencia de la PLaza,
la centuria del ochocientos traerá consigo una nueva
racionalidad urbanística y una nueva
concepción del intercambio, que determinarán
el recrudecimiento de las discrepancias respecto al papel
que habría de desempeñar el centro
neurálgico de la ciudad dentro de las actividades que
en ella se desarrollaran (157)
.
Las diferencias, que fundamentalmente enfrentan al Gremio
de Hortelanos y a los propietarios de casas y comercios de
la Plaza mayor, comienzan a materializarse a finales del
XVIII, cuando por acuerdo del Ayuntamiento se desaloja de
los soportales, "desde la Calle de
Talavera hasta la Casa Consistorial", a los
vendedores de productos de huerta
(158). El Gremio de Hortelanos
recurriría en 1791 a la Audiencia Territorial de
Cáceres, argumentando el derecho a situar sus puestos
en el lugar referido por la confirmación que del
mismo había librado la Real Chancillería de
Valladolid en una fecha, curiosamente desconocida. La
sentencia, favorable al Gremio, no impedirá que
durante las primeras décadas del XIX comiencen a
oírse voces en reclamación de la
expulsión de los hortelanos,
"por los perjuicios que causaban en
la venta del Comercio e Industria", según
se desprende de la acusación dirigida por José
Cano, propietario y mercader en una de las casas de los
portales donde aquéllos se aposentaban . Los
sucesivos desalojos de los hortelanos por parte de la
Autoridad municipal, acompañados del posterior
restablecimiento de la normalidad, ponen en cuestión
la necesidad de solucionar el problema desde una perspectiva
más coherente. Mientras, por una parte, los
propietarios de tiendas estables en la Plaza se quejan
porque "los concurrentes al mercado
se constituyen en dueños de los soportales de
aquélla, obstruyendo el paso de los arcos para el
público, e interceptando la entrada de las casas de
sus comercios"(160) , los hortelanos reclaman el
derecho a colocar sus
"palmares" en dichos
arcos para guarecerse de la lluvia. A pesar de todo, el
ataque no iba sólo en contra de los puestos de
legumbres y hortalizas, se proyectaba hacia la propia
realización del mercado en la Plaza Mayor,
argumentándose en contra todo tipo de cuestiones,
desde el estorbo para el tráfico de carruajes,
pasando por las ofensas al público y a los
transeúntes, hasta la propia
"fealdad que ocasiona a una plaza
tan bonita verla convertida en un campamento
húngaro"
(161).
Los grupos burgueses, asentados en el centro de la
ciudad, tratan con este tipo de protestas conseguir el
dominio absoluto de la PLaza como lugar de residencia, como
espacio diáfano y abierto para el esparcimiento, sin
olores, ruidos ni obstáculos; a la larga acaba por
imponerse esta nueva valoración del recinto, cuando
las hostilidades implican a la Autoridad para adoptar una
solución favorable a las partes en conflicto. En 1897
y tras varios proyectos, se inaugura la actual Plaza de
Abastos para dar cabida a todos los que desde siempre
habían colocado sus puestos y cajones en la Plaza
Mayor al objeto de realizar sus ventas. La ubicación
del mercado diario en un lugar cercano a la Plaza, pero no
en ella, daba rienda suelta a las intenciones de los grupos
que habían protagonizado las reclamaciones:
consolidar en Plasencia el comercio estable frente al
ambulante (162). Y
efectivamente debieron conseguirlo, como lo demuestran los
datos que ofrece Joaquín Rosado en 1906: siete
tiendas para la venta de aceite de oliva, una para la de
aguardiente, cuatro para aves y caza, dos para la de bebidas
gascosas, cuatro carnicerías, seis tiendas de
comestibles, tres confiterías, dos droguerías,
cinco farmacias, tres ferreterías, tres
librerías, seis panaderías, cuatro tiendas de
paños al pormayor, tres pescaderías, dos
sombrererías, cinco tiendas de tejidos, tres de
vinos, etc., para una población que rondaba los 8.000
habitantes (163).
De todo el conflicto, el gran ganador, sin arriesgar
nada, había sido el Mercado Franco. Se había
cuestionado la existencia de actividades mercantiles en el
espacio que la burguesía placentina deseaba convertir
en el reducto de su poder, se había implicado a todas
las autoridades del Ayuntamiento de la ciudad en el asunto
y, al fin, se había logrado imponer una nueva
función urbanística de la Plaza; sin embargo,
la presencia durante los martes de un abigarrado sistema de
puestos, tenderetes y cajones, con momentos difíciles
generados por su directa relación con la
problemática planteada y por las que más tarde
le afectarán particularmente, conseguía salir
ilesa durante la centuria y resistir hasta la
actualidad.
Poco es lo que las fuentes de la época nos aportan
acerca del mercado del martes, su cotidianeidad había
calado tan profundamente en la sociedad placentina que las
palabras acerca de su desarrollo y funcionamiento
parecían sobrar. La mayor parte de los escritos del
XIX se refieren a su antigüedad y a su importancia,
pero no permiten una concreción que vaya más
allá de la simple constatación de su
existencia. Por otra parte, la preocupación de las
Ordenanzas se orientaba fundamentalmente hacia la
consolidación de un mercado diario que ofreciera las
suficientes garantías para el consumo de la ciudad,
mostrando respecto al mercado semanal cierta indulgencia y
dejando al margen su reglamentación. A través
de ellas, al menos sí queda claro que para vender los
martes se necesitaba la licencia del Ayuntamiento, como
ocurría durante cualquier otro día de la
semana, además de la obligación de pagar un
canon, que en 1849 se estipulaba en dos cuartos por cada
puesto, tanto si el vendedor era vecino de Plasencia como si
era forastero (164).
Seguían llegando al mercado los pañeros de
Torrejoncillo o de Casatejada
(165), así como los
hortelanos de todo el Valle y la Vera
(166); a ellos se unían
los puestos de buhoneros y muñequeros, hojalateros,
plateros, relojeros, caldereros, especieros y comineros, las
tiendas de encaje y de cordones, los vendedores de truchas,
tripas, bizcochos, zapatos, perfumes, abanicos, paraguas,
ropas hechas, etc (167). El
colorido se mezclaba con el encanto de los vendedores de
fósforos y libritos de papel de fumar, los de figuras
de yeso u objetos de barro, los de silbatos, juguetes y
quincallería, los vendedores de romances, aleluyas o
cosas semejantes, los guitarristas y cantaores, los
titiriteros, saltimbanquis y gimnastas
(168), todo un cromático
mundo que convertía a Plasencia cada semana en una
fiesta, en un lugar de reunión, diversión y,
por supuesto, de compraventa.
Hubo momentos en que no bastaron los pesos y romanas del
Ayuntamiento para surtir "a los
muchos vendedores que se presentan en la plaza todos los
martes" (169). La
concurrencia era masiva, sobre todo, el segundo martes de
Cuaresma, día que se celebraba el mercado llamado "de
Botijero" y al que las autoridades municipales dedicaban
especial atención, protegiendo los caminos con
agentes de las fuerzas militares de la ciudad para facilitar
la afluencia de compradores y vendedores
(170). A diferencia de la
Feria, que con el tiempo había perdido su
carácter mercantil y se había convertido en
una celebración anual para esparcimiento de vecinos y
forasteros, el Martes se nos descubre durante el siglo XIX
como una combinación perfecta entre el ocio y el
negocio, adaptándose a las necesidades de la ciudad
en materia comercial y ofreciendo un tono festivo que lo
hace más atrayente para quienes vienen a vender y
para quienes buscan en él algo que no pueden
encontrar diariamente en Plasencia: moderados precios en los
artículos de primera necesidad.
Fue la posibilidad de comprar en el Mercado Franco a
precios más bajos que durante el resto de la semana
lo que indudablemente posibilitó la pervivencia de
dicha institución, en un momento de reconversiones y
renovaciones como las que se estaban produciendo durante el
siglo XIX, sobre todo si de lo que se trataba era de
artículos en los que las comarcas placentinas
habían sido tradicionalmente deficitarias. El
siguiente cuadro, que muestra la media de precios alcanzados
por el trigo entre 1849-1886 a lo largo de todo el
año, tanto en el mercado diario placentino como
durante la celebración del mercado semanal, es un
indicativo bastante preciso de lo que decimos
(171).
Precios del trigo
en Plasencia, 1849-1886
Reales/fanega
|
|
Mercado diario
|
Mercado semanal
|
|
Enero
|
34'3
|
33'1
|
|
Febrero
|
34'4
|
33'5
|
|
Marzo
|
35'2
|
35
|
|
Abril
|
34'8
|
32'7
|
|
Mayo
|
35'3
|
34'8
|
|
Junio
|
35
|
34'8
|
|
Julio
|
33'6
|
33'3
|
|
Agosto
|
33
|
31'4
|
|
Septiembre
|
32'9
|
30'2
|
|
Octubre
|
33'8
|
30'9
|
|
Noviembre
|
34'3
|
31'4
|
|
Diciembre
|
34'1
|
33'7
|
La función que cumple el Mercado Franco, desde el
punto de vista de las cotizaciones de cereales, será
una de las razones que impulse a los defensores de la
institución para encarar la crítica contra las
circunstancias que a principios del siglo XX ponen en
peligro su propia existencia. El desarrollo del comercio
estable, cada vez mejor proveído, el avance que
paralelamente se produce a lo largo del XIX en las
comunicaciones y el excesivo número de impuestos que
recae sobre los vendores ambulantes, son algunas de las
circunstancias a las que nos referimos. Así se
desprende del informe de Eduardo García Monge en 1909
sobre el Mercado Semanal de
Plasencia. Causas de su
decadencia y modos de acrecentarle, el
único documento que se dedica exclusivamente al
análisis de la realidad que nos ha venido ocupando a
lo largo del presente trabajo y que por ello transcribimos
íntegramente en el Apéndice VII.
La construcción de la línea férrea
Madrid-Cáceres-Portugal en 1871 sobre los tendidos
que unían Malpartida de Plasencia con Cáceres,
y su puesta en explotación a partir de 1881, supuso
el inicio de un proceso tremendamente significativo para la
vida de la Alta Extremadura y también, cómo
no, para la ciudad de Plasencia, que en 1896 se ponía
en contacto con Astorga a través del ferrocarril
(172). La movilidad que ello
posibilitaba repercutía directamente en los mercados
periódicos que habían venido
celebrándose desde el medievo, en tanto que la
distancia dejaba de ser un obstáculo para el
tráfico de mercancías entre zonas
excedentarias y deficitarias. Como reconocía
García Monge en su informe, tal circunstancia no
podía someterse a debate si lo que estaba en
cuestión era el progreso de la ciudad, a sabiendas de
que las consecuencias de su desarrollo no favorecían
el intercambio semanal sino que, por el contrario,
impulsaban el comercio diario de Plasencia.
Otras causas conducían a la decadencia del Mercado
Franco a principios de siglo, entre ellas el elevado
número de impuestos que tenían que soportar
los que llegaban a la ciudad los martes a vender sus
productos. Entre las tarifas municipales
(173) y las contribuciones a la
Hacienda los vendedores ambulantes perdían gran parte
de sus beneficios y optaban por la no asistencia a las
celebraciones mercantiles de cada semana. Las
críticas se dirigen, sobre todo, al Impuesto de
Consumo, que había sido creado por Real Decreto de 25
de mayo de 1845 y que tenía que satisfacerse por los
consumidores cuando las especies tarifadas (Apéndice
VI) fueran de su propia cosecha, fabricación,
comercio, tráfico o granjería, y por los
vendedores cuando fueran para el consumo inmediato. Para tal
efecto se establecieron, en todos los pueblos y ciudades,
fielatos de recaudación por donde habrían de
pasar todas las mercancías para ser reconocidas y
para exigir los correspondientes derechos
(174). Las protestas contra
semejante contribución se hicieron ciertamente
violentas en momentos de carestía y en las revueltas
populares, que no dejaron de producirse en Plasencia durante
la segunda mitad del siglo XIX. Así, el 2 de octubre
de 1868, tras la formación de la Junta
Revolucionaria, la multitud destruyó los enseres de
los fielatos, arrojándolos al río y reclamando
la supresión del Impuesto de Consumo
(175). Las protestas
continuadas y los problemas que conllevaba la
recaudación del impuesto llevaría a su
abolición por Ley de 12 de junio de 1911, aunque no
entraría en vigor hasta 1914. Por lo demás,
creemos innecesario insistir en las circunstancias que
García Monge expone como causantes de la decadencia
del mercado semanal de Plasencia; sus palabras, a las que
remitimos, son suficientemente reveladoras de lo que estaba
pasando como para obviar cualquier tipo de comentario al
respecto.
Subir
II
No sabemos hasta qué punto los medios propuestos
para hacer frente a las contradicciones que amenazaban la
propia supervivencia del Mercado Franco placentino
recibieron la audiencia deseada, ni tan siquiera si la
decadencia continuó su curso a lo largo de las
primeras décadas del presente siglo. El caso es que
en 1934, cuando se elabora el Reglamento sobre la Plaza de
Abastos(176), la
realización de operaciones comerciales los martes de
cada semana aparecen recogidas bajo el epígrafe de
"mercados tradicionales", que
"seguirán
celebrándose en la Plaza Mayor de esta ciudad, aunque
sólo por lo que se refiere a ventas al por
mayor". La adjetivación, que a partir de
entonces se ha generalizado para definir un fenómeno
que sigue presente en la vida de Plasencia, puede
conducirnos a un error si por tradicional entendemos algo
que tan sólo debe su importancia a su rancia
existencia. Defensores de una historia que entienda el
pasado y comprenda el presente, no podemos inhibirnos del
planteamiento que hoy por hoy merece la institución
que ha venido siendo objeto de estudio a lo largo de estas
páginas, máxime cuando su presencia en la
actualidad sigue generando polémica y recibiendo una
atención nada desdeñable.
En 1981 el Instituto de Reforma de las Estructuras
Comerciales (IRESCO) lleva a cabo un completo estudio sobre
los componentes del comercio placentino, adquiriendo
especial relieve en el informe que se elabora la
celebración semanal del Mercado Franco
(177). Las razones para tal
preocupación, sin ánimo de infravalorar el
trabajo realizado por el equipo investigador, se dejan
bastante explícitas en las conclusiones a las que se
llega: la incapacidad del mercado del martes para hacer
frente a una demanda que buscaba calidad, precio y
accesibilidad, y la conformación en Plasencia de una
estructura comercial estable, perfectamente preparada para
cubrir con su oferta lo que la población
requería. Los resultados, obtenidos a través
de encuestas suficientemente contrastadas, arrojaban un
porcentaje que situaba a las frutas, verduras y hortalizas
como los productos que mayormente compraban los placentinos
los martes de cada semana, bajando respecto a ellos la
demanda de artículos procedentes de la
ganadería y suceptibles de una mayor incidencia por
parte de las condiciones higiénico-ambientales, como
la leche, los huevos o la carne. Frente a éstos, la
ropa o el calzado gozaban de poca aceptación entre la
población que normalmente asistía al Mercado
Franco, ante una calidad discutible y unos precios no
demasiado alejados de los que ofrecían los
establecimientos especializados de la ciudad.
Encuesta sobre el
consumo de la población de Plasencia en el Mercado
Franco, 1981 (IRESCO)
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Productos adquiridos
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Todo
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Gran parte
|
La mitad
|
Algo
|
Nada
|
|
Fruta
|
16'7
|
20'0
|
5'9
|
23'9
|
33'4
|
|
Huevos
|
6'6
|
11'5
|
1'7
|
11'8
|
68'1
|
|
Verduras y hortalizas
|
17'4
|
17'7
|
4'6
|
23'1
|
37'0
|
|
Queso y leche
|
5'1
|
10'2
|
0'7
|
8'7
|
75'0
|
|
Ropa y calzado
|
-
|
1'7
|
-
|
6'1
|
92'0
|
|
Carne
|
4'1
|
12'3
|
0'5
|
4'6
|
78'4
|
* Las cantidades se expresan en tantos por ciento
respecto al total de los encuestados.
Las matizaciones que podrían hacerse al tipo de
encuesta realizada y a la inexistencia de un estudio
paralelo al del consumo que permitiera observar la
distribución de la oferta y su adaptabilidad al
comportamiento de la demanda, no impide que los resultados
ofrecidos por el IRESCO respondan a la realidad con
bastantes garantías de certeza
(178).
La orientación del consumo, especialmente hacia
productos como las frutas, verduras y hortalizas, se
comprende desde el momento que introducimos una variable
más en las encuestas realizadas en 1981: la
relación entre el vendedor y el artículo que
vende, es decir, si se trata de productores directos o si se
trata de intermediarios, considerando además las
condiciones en que se desarrolla tal relación. El
cuadro que a continuación ofrecemos obedece a una
encuesta realizada por nosotros mismos en el mes de
diciembre de 1990 y contrastada con las licencias fiscales
de los vendedores que normalmente acuden al Mercado Franco,
facilitadas por la Guardia Municipal de PLasencia. La
posibilidad de adquirir artículos alimenticios de
consumo habitual, como lo es el de la fruta, la verdura o la
hortaliza, sometidos a una reducida manipulación por
la propia duración entre el momento en que se produce
y el momento en que se pone a la venta, queda perfectamente
demostrada en el caso que nos ocupa, si a los datos de 1981
añadimos el alto porcentaje de productores directos
que se da en el grupo considerado.
Oferta del
Mercado Franco
(1990)(179)
|
Grupos
|
% del total
|
% Productores
|
% Intermediarios
|
|
Frutas, verduras y hortalizas
|
39'5
|
87'5
|
12'5
|
|
Tejidos, confección y calzado
|
27'7
|
|
100
|
|
Varios (plantas, juguertes, baratijas...)
|
17'9
|
|
100
|
|
Menaje, cerámica y ferretería
|
5'5
|
10'3
|
89'7
|
|
Dulces y repostería
|
4'3
|
88'8
|
11'2
|
|
Quesos y embutidos
|
3'7
|
33'3
|
66'7
|
|
Pescado fresco y en salazón
|
1'2
|
50
|
50
|
Se trata de vendedores con escasa capacidad productiva
como para dar salida a sus artículos por otros cauces
que no sea el que les ofrece el mercado semanal o, en su
caso, el mercado diariamente celebrado en la Plaza de
Abastos. Proceden, en un alto porcentaje, de la misma ciudad
o de núcleos de los alrededores, destacando los
montehermoseños y los torrejoncillanos; por su parte
la Provincia de Badajoz queda representada por los ajeros de
Aceuchal y los hortelanos de Orellana la Vieja.
Indudablemente el número de puestos aumenta durante
la primavera y el verano, cuando el mercado se llena de
pequeños productores del Valle o de la Vera que traen
a vender los productos de temporada cultivados en estas
comarcas.
La oferta en tejidos, confección y
zapatería está constituida por intermediarios
que normalmente compran en grandes almacenes donde se surten
de productos con algún desperfecto y cuyo precio les
permite rentabilizar el negocio, normalmente familiar. Su
escasa capacidad de capitalización impide el
asentamiento definitivo y obliga a la movilidad hacia
diferentes plazas de mercado con el fin de asegurar un
volumen de demanda suficiente para garantizar la ganancia,
ya que, como demostraban las encuestas de 1981, es
éste uno de los grupos más desfavorecidos por
el consumo, debido a la discutible calidad ofertada en
relación al precio. En gran medida ocurre lo mismo
con el grupo "varios", constituido por una oferta muy
diversificada (bisutería, bolsería,
perfumería, discos y cassettes, todo tipo de
baratijas, etc.), pero también de escasa calidad.
Los productos de dulcería y repostería,
procedentes fundamentalmente de Torrejoncillo, Béjar
y Ceclavín, conforman el grupo más fuertemente
representado en la tabla de productores. Se trata de
repostería casera que por su propio carácter
familiar no puede, ante el escaso volumen, articularse en
las redes comerciales al pormayor. Al margen quedan
productos como el queso y las mantecas, de escasa
representación en el mercado placentino, y los
pescados, cuyo ínfimo porcentaje respecto al total
manifiesta la escasa aceptación de este tipo de
artículos cuando no se ofrecen las garantías
necesarias de sanidad, conservación y
exposición.
El reducido volumen de operaciones que se produce los
martes en cuanto a las cantidades en movimiento, siempre
dirigidas a la satisfacción de un consumo semanal y
fundamentalmente orientadas hacia productos perecederos, se
amplía enormemente si tenemos en cuenta la existencia
de otra forma de transacción, de imposible control y
de considerable trascendencia, que reúne en la Plaza
Mayor durante la celebración del Mercado Franco a
ganaderos de la zona y a compradores de otras provincias.
Las opiniones al respecto inciden en la importancia
económica de este tipo de mercado, que no se
desarrolla en puestos ni tenderetes, sino a través de
corrillos en los que se manejan cantidades bastante
significativas.
La estructura, pues, del mercado semanal de Plasencia nos
lleva a una última reflexión acerca de la
función que actualmente desempeña dentro de
las actividades económicas de la zona. Por una parte
se constituye en el único o casi el único
cauce posible de pequeños productores con escasa
capacidad para capitalizar sus reducidas explotaciones y
para producir un volumen que les permita dar salida a sus
artículos a través de medios más
especializados. A la vez, el consumidor encuentra en las
mercancías ofertadas por productores directos una
calidad y una transparencia que a veces no tiene
suficientemente garantizada por canales de
intermediación. De este tipo de comercio, muy cercano
al "mercado perfecto"(180) , se
servirá un amplio grupo cuya oferta necesita del
poder de convocatoria de aquél para concentrar una
demanda en lugares y días específicos que
posibilite la rentabilidad de sus ventas. Entre todos ellos
un importante volumen de operaciones permite cada martes la
puesta en contacto de tratantes de ganado y propietarios,
ahorrando a los primeros el desplazamiento hacia el lugar de
producción y centralizando para los segundos una
demanda dispersa de gran poder adquisitivo.
El largo proceso descrito por los mercados placentinos
desde que el Fuero de la ciudad configurara una estructura
comercial basada en la combinación de relaciones
diarias, semanales y anuales, fue dejando al margen
aquéllas que no pudieron adapatarse a las nuevas
circunstancias exigidas por la propia evolución
histórica. En todo ese proceso el Mercado Franco, de
abastecedor de la ciudad, hasta opción para el
consumo en una sociedad acostumbrada a distinguir claramente
entre fenómenos de producción y de
distribución, ha resistido el paso del tiempo para
convertirse hoy día en una forma de comercio que,
lejos de anacronismos fosilizados y de enfrentamientos con
el futuro, recurre a modelos del pasado para dar respuesta a
cuestiones del presente. Si a ello se une la capacidad de
romper monotonías y la facilidad para dotar de
razones la necesaria relación entre comunidades
cercanas, parece, pues, incuestionable que la coherencia
histórica asiste plenamente el desarrollo y
difusión del fenómeno que cada martes se sigue
produciendo en la Plaza Mayor de Plasencia.
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